Las Crisis traen Cambios

Y, como no podía ser de otra manera, si damos fiabilidad al título de esta entrada, los cambios, estos cambios, para que puedan tener una repercusión social, primero hay que vivirlos individualmente, cada uno en su vida.

Desde hace ya un tiempo, en nuestro hogar hablamos sobre la necesidad de variar el funcionamiento de este mundo tan mercantil en el que el dinero, lejos de utilizarse como moneda de cambio, se ha conformado como un valor por sí mismo.
Una consecuencia inmediata de este hecho fue utilizar el mecanismo que fuere para conseguir ese dinero-valor. Al principio, se utilizaron metales preciosos (oro y plata, sobre todo) como moneda de cambio en la transmisión de bienes, hasta que a alguien se le ocurrió la brillante idea de sustituir el valor de esos metales por unos papeles que, por la autoridad de instituciones prestigiosas, garantizaban que esos papeles tenían el valor asegurado del oro al que representaban…
Otro hito importante en esta historia sobre el dinero (que sería interesante leerla) fue cuando, en Agosto de 1971, Richard Nixon, un Presidente de EE.UU. bien conocido por su calidad moral (ver escándalo Watergate en 1972, por el que dimitió en 1974) rompió definitivamente esa unión entre el oro y el dolar norteamericano.
En la actualidad, estamos siendo testigos de un espectáculo increíble. Cada día, cualquier ciudadano se levanta, se desayuna, come, participa de sobremesas, conversa con sus amistades o con sus compañeros de trabajo (si tiene la suerte de no estar en las filas de esa “asociación” española gigante de casi 5 millones de miembros), merienda, se toma un vino, cena y dormita frente al televisor con las andanzas de Europa frente a la crisis financiera, la crisis de las deudas soberanas, las primas de riesgo, la deuda griega, la inestabilidad del “Euro”, la condonación de la mitad de la deuda griega, noticias sobre el estado en el que quedan los pobrecitos bancos, las primas millonarias a los directivos, el paro en subida libre, las políticas de recortes a diestro y siniestro, la privatización de servicios sociales…
Pero…, ¿dónde estábamos? ¡Ah, sí!, en que las épocas de grandes crisis son generadoras de grandes cambios; o, al menos, pueden llegar a serlo si se aprovechan de manera adecuada. ¿Hay alguien que actualmente dude de que estamos viviendo una gran crisis? Pues, indudablemente, toca mirarla como una gran oportunidad para suscitar el cambio pertinente.
Lo que vemos por doquier es que la población, ante la desaparición del dinero de sus bolsillos y de sus cuentas corrientes, intenta cualquier método para conseguirlo, acumularlo y evitar, a toda costa, que desaparezca de nuevo.
¿Por qué nadie (o muy pocos) se preguntan el sentido de todo este montaje? A nuestros ojos, todo este escenario que he dibujado en esta introducción al tema es un puro montaje perfectamente diseñado para perpetuar al propio sistema, soportador de las mayores y tremendas injusticias sobre el ser humano, y poder mantener en sus puestos hegemónicos a las personas que mueven los hilos de todo este espectáculo de marionetas…
¿Por qué no dejar que Grecia se hunda en sus finanzas, incluso que arrastre a países como Italia, España…) Pues porque esa fila de fichas de dominó, más tarde o más temprano, haría caer a los más grandes (Francia, Alemania…, incluso a los mismos EE.UU.) y todo el sistema montado se vendría abajo. ¿Qué ocurriría, entonces?
Bueno, bien, lo que se dice bien, no lo íbamos a pasar, claro. Pero la situación no sería en absoluto comparable a la tensión y miedo subyacentes que los actuales habitantes de estos países viven en sus cuerpos, generando situaciones que, como poco, pueden generar cualquier enfermedad, de las llamadas psicosomáticas (en realidad, en mi experiencia profesional, todas).
Total, se trataría de que el ser humano que llevamos dentro mostrara su mayor pureza, con lo que nos ayudaríamos unos a otros, cada uno haciendo lo que sabe hacer. ¿Que tendríamos que descender algún escalón en el lujo consumista al que nos hemos acostumbrado tan fácilmente? Seguro que sí. ¿Que tendríamos que consumir los productos generados más localmente? También. ¿Que podríamos repartir el trabajo existente entre todas las personas dispuestas a trabajar? Efectivamente.
Las consecuencias de estos “pequeños cambios” llevarían a un tipo de sociedad con personas trabajando menos horas, con más tiempo para disfrutar de los suyos y de las relaciones humanas, potenciando la generación de alimentos “de cercanías” (más frescos y de mejor calidad que los alimentos “de plástico” actuales)…
Tanto mi pareja como yo confiamos en que se puede volver a la senda correcta en la que no sea el dinero el que dé valor a las personas, sino que cada ser humano sea garantía, fuente de derechos, independientemente del estado de sus finanzas o de las finanzas de su Estado.
Y es que, incluso cósmicamente (astrológicamente), la situación mundial actual es propicia para este tipo de cambios de estructura de Gobiernos, de Sistemas… Ya se está viendo un poco por la orilla inferior del Mediterráneo, ¿no? Pues todavía quedan unos cuantos años de “movimientos sísmicos” de este orden de cosas… El problema es que este tipo de oportunidades se pueden aprovechar de una manera adecuada o pueden servir para colocarnos en situaciones mucho más difíciles.
Y como preferimos que las ocasiones se puedan aprovechar, hemos tomado una decisión que nos parece atrevida pero interesante; y, sobretodo, pura. A partir de ahora (de ya mismo), nuestro trabajo no va a tener un precio prefijado sino que se va a dejar abierto a lo que la otra persona pueda aportar, intentando llegar a un intercambio “justo”.
No habrá tarifas fijas y cada cual podrá compensar nuestro trabajo como pueda. En unas ocasiones, será en forma monetaria, mientras el papel moneda no lo hagamos desaparecer y tengamos que seguir pagando préstamos y facturas; en otras, la retribución será “en especies” (en forma de productos que la persona tenga a su alcance o en servicios que puedan ofrecernos y nosotros necesitar).
Ya, anteriormente, he hecho esa especie de trueques en mi trabajo con personas que no podían pagar la tarifa que marcaba por cada visita; pero, ahora, esta manera de funcionar va a ser general. Confiamos en que esta apuesta favorezca la fluidez, la confianza entre las personas, y que pueda ser punto de referencia para otras personas que se decidan a vivir apuestas parecidas…
Vamos a darnos unos meses de prueba, para ver cómo este cambio funciona en nuestras vidas. Va a ser un tiempo en el que sería bueno que las personas de nuestro alrededor se enteren de la iniciativa, que corra la voz, para que más personas se animen a utilizarlo, a “montarse” en aventuras semejantes.
Como decía al principio de esta entrada, “los cambios, estos cambios, para que puedan tener una repercusión social, primero hay que vivirlos individualmente, cada uno en su vida”. ¿Qué te parece la idea? ¿Puedes difundirla? ¿Te animas tú también?…

Salud para ti y los tuyos.

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