Diversidad de género

(¿Dispones de 7 minutos para leer este texto?)
Como ya es habitual en este blog, y como deferencia a las personas que prefieren escuchar a leer, voy a colgar a continuación el vídeo del texto.
Este tema de la diversidad de género en los tiempos que corren se antoja difícil de articular en la práctica cuando la realidad pura y dura es tan fácil de observar.
Lo saco a colación pues acabo de leer un artículo de una revista digital de información sanitaria cuyo título dice así: «Es importante recordar que la diversidad de género forma parte de la diversidad humana».
Bueno, si tomamos el título en su literalidad, sin interpretaciones personales, la frase es totalmente correcta. Efectivamente, no hay una única forma de ser un ser humano, un individuo, una persona. Desde el punto de vista de género, existen dos maneras de mostrarnos como seres humanos: unos con sexo masculino y otros con sexo femenino.
Las dos formas con las que los humanos nos mostramos (hombre y mujer) tienen igual derecho a la hora de ser considerados como personas, las dos caben en la declaración de Derechos Humanos, y no debiera haber ningún tipo de discriminación por el hecho de formar parte de un grupo o de otro. Hasta ahí, de acuerdo.
Pero es que el tema se desdibuja (y lleva a que el personal desbarre) cuando a la ecuación se añade la sexualidad y las diversas formas en las que una persona se siente humano en este ámbito.
Desde un grupo especializado de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición creado en 1999 para la atención de personas denominadas «trans», explican que inicialmente, «predominó el denominado modelo holandés, basado en una evaluación psicológica extensa y con un marcado enfoque diagnóstico».
Posteriormente, siguen diciendo, el desarrollo de las unidades especializadas «otorgó un mayor protagonismo a la endocrinología como puerta de entrada al circuito asistencial, centrando gran parte de la atención en el tratamiento hormonal».
En la actualidad, «avanzamos hacia un modelo de acompañamiento biopsicosocial, con equipos multidisciplinares que sitúan a la persona en el centro de la atención, adaptando las intervenciones a sus necesidades individuales y considerando de forma integrada los aspectos biológicos, psicológicos y sociales».
El modelo holandés, con un enfoque diagnóstico exhaustivo, escudriñaba en la persona a estudio de manera extensa en el tiempo, y a la vez profundamente, la realidad de su proceso de descuadre de la polarización habitual entre hombre y mujer. No cabía el capricho puntual. Las personas que al acabar este proceso de investigación y seguimiento eran catalogadas como «trans», podían sostener su vivencia con cierta estabilidad y pasar a la siguiente fase de cara a adaptar su cuerpo a su realidad vivencial.
Pero no todo el mundo llegaba al final de ese proceso de estudio profundo que nació y se forjó en Holanda. Muchas personas se quedaban fuera antes de concluir el seguimiento de este procedimiento diagnóstico, por lo que, lógicamente, se abrió la puerta para que desde los endocrinólogos (tanto pediátricos como en la atención a adultos) metieran mano y surtieran de hormonas sexuales a diestro y siniestro, atendiendo más a la voluntad de las personas que las solicitaban que a su propio criterio, más neutral.
El ejemplo de lo ocurrido en EEUU ha sido brutal. La medicina mercantilista de ese país ha hecho su agosto en este tema durante unos cuantos años. Sólo hacían falta unos pocos minutos de consulta médica «especializada» para que la persona saliera con un diagnóstico, la indicación y la receta de hormonas sexuales para contrarrestar el empuje hormonal natural de sus cuerpos y derivarlos hacia una especie de homínido en transición sexual.
La cantidad de dolor que ha provocado en esas personas que transicionaban hacia la otra polaridad de género ha sido descomunal. Sobre todo cuando se tomaban decisiones más drásticas, como las castraciones en toda regla. Los testimonios de personas que «transicionaron» y que en la actualidad, cada día que pasa, se culpabilizan de las consecuencias que les ha tocado vivir, ponen los pelos de punta.
Así que parece que la tendencia actual del sistema, desde la Endocrinología, es atender todos los aspectos que han provocado las consecuencias de las interacciones médico-quirúrgicas sobre estas personas: «nuevas necesidades clínicas relacionadas con la salud ósea, la fertilidad, la salud cardiovascular y el envejecimiento». Interesante realidad: crean el problema y, después, toca enfocar atención y recursos a poner los parches que sean necesarios, sin solucionar el problema base inicial.
Se abren nuevos frentes en las personas «transgénero» hacia donde el sistema va a actuar: «el desarrollo sexual diferente (DSD), la salud gonadal, la menopausia y otras condiciones vinculadas a la función reproductiva y hormonal a lo largo de la vida». Ya tienen trabajo asegurado con estas personas para toda su vida. ¡Fenomenal!
Bajo el punto de vista de la endocrinóloga que participa en este artículo de prensa, «uno de los avances más importantes ha sido la despatologización progresiva de la diversidad de género». En otras palabras, considerar normal, fisiológico, el hecho «trans».
Lo siento mucho pero no estoy nada de acuerdo. Con esto afirman rotundamente que la naturaleza se ha equivocado en estas personas. Parece que se le ha ocurrido ofrecer un cuerpo de mujer a unos hombres desdichados y un cuerpo de hombre a mujeres inocentes. Y claro, pretendiendo restablecer el orden en esas personas aparecen los especialistas multidisciplinares que les van a atender, achicando agua de la embarcación mientras las vías de agua siguen manteniendo la inundación.
En este artículo no estoy hablando de la conducta sexual de las personas. En el capítulo sexual considero que cada cual debe sentirse todo lo libre que sea posible mientras se respete a la otras personas con las que quiera interactuar. Faltaría más. No es éste el tema. El tema es la identificación como hombre o mujer, no la conducta sexual de las personas.
Esta endocrinóloga especializada en procesos de identidad de género pone de relieve que «existe una mayor sensibilidad hacia la importancia del lenguaje, el respeto a la autodeterminación de la identidad de género y la incorporación de los derechos sexuales y reproductivos en la atención sanitaria».
Vamos, que cuando una persona se autodetermina mujer, cuando en la realidad tiene algo evidente que emerge de entre sus piernas, de primeras es necesario abrirle el camino para identificarse como mujer, aunque su cuerpo esté diciendo a gritos que es un hombre. De primeras no estoy de acuerdo con esa actitud inicial.
En lugar de normalizar la situación y facilitarles la transición de género, creo necesario abordar a esas personas que rezuman dolor, impotencia, rabia, tristeza, frustración sin límite e incomprensión a raudales de cara a poder identificar qué carajo está ocurriendo en ellas que les hace sentir que residen en cuerpos equivocados.
Son personas que necesitan ayuda para llegar a aceptarse y sentirse cómodas en los cuerpos que poseen, en lugar de abrir la espita para que explote la caja de truenos de los efectos adversos provocados por las transiciones a nivel genital, sexual, reproductivo, óseo, cardiovascular, etc.
Sigue diciendo la especialista del ramo (y de aquí se ha tomado el título del artículo de la revista) que «la diversidad de género forma parte de la diversidad humana. Nuestro objetivo como profesionales sanitarios debe ser proporcionar una atención de calidad, basada en la evidencia científica, el respeto a la persona y la toma de decisiones compartida».
Como no podía ser de otra manera, hacen referencia a la evidencia científica, cuando ese proceso está absolutamente adulterado por los científicos de turno, las revistas y los políticos. Sólo faltaban términos como la inclusión, lo equitativo, la resiliencia… Y ya tendríamos el cuadro completo para expandir el mensaje a los cuatro vientos, mientras esas personas sufrientes siguen sin ser atendidas como es necesario.
Salud para ti y los tuyos.