Ley de Beneficio Inverso (2 de 2 partes)

(¿Dispones de 5 minutos para leer este texto?)

Continuando con la anterior entrada, voy a finalizar aquí el tema de la Ley del Beneficio Inverso. Para las personas que no sepan de qué va esto, por favor, mirad la primera parte.

Como viene siendo costumbre en este rincón de la web, voy a colgar, a continuación, el vídeo con el contenido del texto, para las personas que prefieren escuchar a leer.

Los autores del estudio describen seis mecanismos que utiliza la industria farmacéutica para vender más:

  1. Reducción de los umbrales para diagnosticar enfermedades. El ejemplo claro está en las cifras cada vez más bajas para diagnosticar diabetes o prediabetes, hipertensión arterial, hipercolesterolemia… Todo ello va dirigido directamente a que cada vez haya más millones de personas que hagan uso de los fármacos indicados para esas situaciones.
  2. Confiar en puntos finales sustitutos. Tenemos que recordar que ni la hiperglucemia ni la hipertensión ni la hipercolesterolemia son enfermedades sino criterios de valoración respecto, por ejemplo a infartos de miocardio, accidentes cerebrovasculares y la muerte.
  3. Exagerar las afirmaciones de seguridad. Los productos farmacéuticos nuevos se comercializan con una aureola de mayor seguridad. Por ejemplo, ahora se recetan muchos más antidepresivos (los inhibidores de la recaptación de serotonina) en casos de personas con depresión leve que anteriormente, cuando no existían estos fármacos, en cuya propaganda se muestra un perfil de seguridad mayor, no se tratarían con antidepresivos.
  4. Exagerar las afirmaciones de eficacia. Un ejemplo de ello fueron los antiinflamatorios inhibidores de la Ciclooxigenasa-2, que se introdujeron a finales de los años 90 como alternativa de primera línea a los AINES en el tratamiento de las enfermedades inflamatorias del aparato osteoarticular por su aparente protección de hemorragia gastrointestinal. Estos antiinflamatorios llegaron a copar el 61% del mercado. Todo fue un “bluff” que se desmontó en 2004 cuando la industria intentó tirar más de la cuerda para que fueran fármacos de primera línea no sólo en osteoartritis sino también en la prevención de pólipos de colon y otras enfermedades. Los riesgos cardiovasculares de este medicamento se vieron con total claridad.
  5. Creando más enfermedades. Se inventaron cosas como la “fobia social”, merecedora de tratamiento antidepresivo con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina; la pre-hipertensión, la pre-diabetes, la pre-osteoporosis… han aparecido tras la determinación (en los dos primeros casos) de cada vez niveles menores de cifras de tensión arterial y de glucemia como umbral de enfermedad. La pre-osteoporosis ha aparecido tras las mediciones de forma masiva de la masa ósea en las mujeres. Les han hecho creer que eso es una enfermedad que requiere tratamiento.
  6. Fomentar los usos no probados. Se ha influido en los contenidos de los programas de formación continuada. Se ha contratado a médicos destacados que han realizado presentaciones en las que se ha recomendado el uso no autorizado de fármacos: Se ha patrocinado artículos de autoría “fantasma” sobre indicaciones no autorizadas. 3 de cada 5 recetas de antipsicóticos son para uso no indicado en el prospecto… a pesar de que 3/4 partes de esas recetas no indicadas en la etiqueta carecen de evidencia de beneficios y, por contra, sí que producen efectos adversos.

Estas estrategias de marketing mejoran las ventas de las empresas pero exponen a más pacientes al riesgo de efectos adversos. Los NNT elevados indican que cada vez se benefician menos personas de su tratamiento. Los daños totales probablemente superen los beneficios.

¿Qué se puede hacer para contrarrestar el beneficio inverso?

  • Cuidado con las pautas engañosas. Se necesita que las guías de práctica clínica (que son seguidas por la mayoría de los médicos) sean confeccionadas por grupos libres de conflictos de intereses comerciales.
  • Reducir las afirmaciones exageradas de eficacia y seguridad. Las afirmaciones sesgadas, a menudo, surgen de estudios que están diseñados principalmente para ayudar a la comercialización de medicamentos, no para aumentar la base científica para su prescripción.
  • Minimizar la creación de nuevas enfermedades. La Asociación Estadounidense de Psiquiatría, cada vez más, con sus reediciones del Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM), se está dedicando a medicalizar características humanas, convirtiéndolas en nuevas enfermedades a tratar con fármacos de acción psicotrópica. Los paneles de expertos exageran rutinariamente los supuestos beneficios de ampliar las etiquetas diagnósticas pero parecen ciegos a los efectos adversos de los medicamentos y a etiquetar a personas sanas de enfermos mentales.
  • Limitar los usos no aprobados. Los autores piden más estudios en este área.
  • Evitar el marketing comercial por parte de los prescriptores. El 94% de los médicos estadounidenses en 2003 y 2004 se involucraron libremente con representantes de ventas u otras actividades de marketing de la industria.

En cuanto a las conclusiones del artículo, los autores describen lo siguiente:

  • Comienzan, a mi modo de ver, con una especie de compensación a la crítica que hacen a lo largo del artículo. Afirman que no toda comercialización de medicamentos recetados es mala para la salud pública.
  • El problema de que la industria con afán de lucro ejerza tanta presión en el colectivo médico requiere que los médicos hagan valer sus responsabilidades profesionales y se deshagan de su actual dependencia de la industria farmacéutica tanto para los obsequios como para la información.
  • Ya en 1971, Hart sospechó que las fuerzas del mercado socavarían la salud de la población en lugar de promoverla.
  • La ley del beneficio inverso sugiere que exponer a más personas a un empeoramiento de la relación beneficio-daño en los productos farmacéuticos no es simplemente un efecto secundario incidental del plan de negocios de la industria. Más bien, estos riesgos para la salud pública son inherentes al actual sistema de comercialización de medicamentos.
  • Los médicos y sus organizaciones profesionales deben ver claramente por qué y cómo esto es así para tomar las decisiones éticas adecuadas sobre las relaciones con la industria farmacéutica.
  • Y, para finalizar, los reguladores y los formuladores de políticas deben ser conscientes de esta dinámica para desarrollar mejores formas para que tanto los médicos como los pacientes accedan a medicamentos valiosos y efectivos en un mercado seguro.

¿Nos suenan todas estas cosas a lo que sucede en la actualidad aunque hayan pasado más de 10 años desde la publicación del artículo?

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